En la segunda fase de Metamorfosis las mujeres escribieron sobre la situación de explotación sexual de la que fueron víctimas. En sus historias las escenas de crueldad resultan insoportables. Es increíble pensar que estuvieron sometidas a tales vejámenes durante meses y años sin recibir ayuda alguna. Todas ellas fueron víctimas de violaciones de los derechos humanos: el derecho a la vida, la libertad, la dignidad humana…

Como parte de este momento, frente a la silueta de un cuerpo fragmentado, fracturado, cada una eligió una parte: Reina escogió la cabeza, Alana y Victoria tomaron las piernas, Lucina el vientre. Luego de adornar las partes con colores, dibujos y frases, reunidas en un círculo, cada una habló de lo que significaba la parte elegida, el porqué de los colores y los dibujos de sus diseños.

Para todas, se trataba de una mujer llena de cicatrices, como les pasaba a ellas. Asociaron las fracturas con la imposibilidad de poner en palabras el pasado vivido. La propuesta de la psicóloga era ser conscientes de esas cicatrices, soltar el pasado, sanar sus cuerpos, encontrar en ellas mismas sus fortalezas, reconstruirse, levantarse, soñar, solas o acompañadas, avanzar para poder renacer.

La mayor de las catorce sobrevivientes de trata se llama Alma, tiene 56 años y su primera historia de violencia sexual sucedió a los catorce, cuando fue abusada por su padre.

Años después, aceptó irse a trabajar a un restaurante a Puerto Berrío, allí fue víctima de trata de personas, al ser engañada por una amiga y explotada sexualmente: “Ella me vendió en un lugar muy feo donde me prostituyeron y tuve que tener relaciones con hombres y me sentí muy sucia, con dolor, rabia con ella y conmigo misma por permitir lo que pasó”, lamenta Alma.

Luego aceptó una nueva oferta laboral, ahora en una cocina de una mina del nordeste antioqueño. Esta vez, fue víctima de abuso sexual: “estando allí me iba muy bien; logré ahorrar dinero tal como quería, pero un día cualquiera la encargada de la cocina nos envió a mí y a otras dos mujeres a buscar agua en un pozo que estaba cerca y aunque ya era casi las seis de la tarde fuimos; estando en el pozo llegaron varios hombres encapuchados, con uniformes y botas y nos llevaron a un cambuche donde nos golpearon y a mí me violaron dos hombres, estuvimos encerradas casi una semana, sin mucha alimentación. Creemos que ella tenía negocios con esos encapuchados y nos había vendido. Al llegar a Medellín me di cuenta de que estaba embarazada de las personas que me violaron, le nombré a mi novio la situación, él me dio su apoyo y nos casamos”.

Alma, Julia y Lucina llegaron a Metamorfosis por Reina. Las cuatro ya habían estado en procesos de escritura para sanar con otras mujeres víctimas del conflicto armado. Sin embargo, hoy manifiestan haberse sentido cómodas en Espacios de Mujer, a todas les preocupaba ser juzgadas, no entendidas, pero en este nuevo proceso algo pasó, tal vez fue identificarse con otras mujeres sobrevivientes de la trata y, que hoy, desde el poder de la resiliencia, asumen el reto de resistir a las adversidades pasadas, a las actuales y a las venideras.

 Al llegar a Medellín me di cuenta de que estaba embarazada de las personas que me violaron, le nombré a mi novio la situación, él me dio su apoyo y nos casamos

La última mujer que fue captada fue Alana, de 26 años. A inicios del 2022, su situación económica la empujó a confiar en una mujer de unos 32 años, quien la abordó en la entrada del colegio de sus hijas, la perfiló durante tres meses, se ganó su confianza, le ofreció trabajo y se la llevó para Ecuador.

Alana no desconfió nunca de ella, pues creía que era otra mamá del colegio, por eso terminó contándole sus cuitas económicas. La propuesta consistió en ir a trabajar al país vecino durante un mes, vender ropa importada, y recibir por ello un pago de nueve millones de pesos (poco menos de USD$ 3.000), pasajes, estadía y alimentación.

Viajaron juntas por tierra y pasaron la frontera sin dificultad. Alana iba feliz, haciendo cuentas alegres. Estando allí, el primer mes se la pasó vendiendo la ropa en bares, sin embargo, andaba preocupada porque no había recibido salario alguno, lo que la llevó a pensar que “estaba pasando algo raro”. Como lo nombra ella, sucedió una “diosidencia”, en uno de los bares se encontró con una amiga de infancia quien la puso en alerta y le aconsejó: “escápese mientras pueda, porque le puede pasar lo mismo que a mí”.

Alana seguía esperando su pago, una noche salió a comer con su “amiga” y sin saber cómo pasó, se despertó en una habitación con otras cinco mujeres, estaba vestida, maquillada y con las uñas pintadas, desorientada.

Las más jóvenes son Lila y Nora, actualmente tienen 25 años. Lila fue remitida a Espacios de Mujer por la Dirección de Derechos Humanos de la Gobernación de Antioquia y Nora por una ONG tailandesa. Ambas aceptaron una oferta para ejercer la prostitución, Lila en México y Nora en Asia. Estando allí los acuerdos pactados se desdibujaron, finalmente lograron escapar y regresar a Colombia.

Antes de la experiencia de Trata, Lila ya tenía una hija de cuatro años, vivía con ella y con su madre, no tenía un trabajo estable, trabajaba ocasionalmente en una discoteca como mesera o en una heladería, recibiendo pagos mínimos.

Su inestabilidad económica la llevó a aceptar la oferta. A través de una de sus mejores amigas, contactó a una mujer joven que andaba buscando gente para trabajar en México. “Me propusieron trabajar prestando servicios sexuales y que los gastos por concepto de tiquetes de traslado, alojamiento y comida me lo brindarían ellas”. Su amiga la acompañó al aeropuerto y le hizo creer que viajarían en vuelos separados.

Lila había aceptado pagar una deuda por valor de cinco mil dólares. De los 2.500 pesos mexicanos que cobraría su manilla (proxeneta) por la hora de servicio sexual, ella recibiría solo mil y el resto sería para saldar la deuda. La ilusión era que, pagado el total de la deuda, ella podría “trabajar de manera independiente”. Pero, al llegar, se sumó una deuda inesperada, el pendiente de su “amiga”, la que no había podido viajar. 

Los “clientes” elegían a Lila luego de verla vistiendo lencería llamativa, a través de una plataforma virtual. Ella se movilizaba “libremente” por la Ciudad de México, el pago lo hacía el demandante por transferencia bancaria. Un día, la situación se complicó, la tratante empezó a recibir quejas de los “clientes” quienes se lamentaban porque la chica de la foto no se parecía a la que “prestaba el servicio sexual”, los retoques a las fotos resultaban exagerados.

La tratante empezó a presionarla, la amenazó, no le dio comida, le advirtió que tenía que pagarle la deuda “así fuera con la vida”. Lila decidió pedirle ayuda a un amigo que vivía en México, este la puso en contacto con la Policía, también fue al Consulado y pidió apoyo, pero allí le advirtieron que solo la ayudarían si denunciaba a los tratantes. Finalmente, movida por el miedo, decidió no denunciar en México, logró recoger un dinero y regresar por su propia cuenta a Medellín.

Por su parte, Nora aceptó viajar cuando tenía 19 años. Su niñez y su adolescencia estuvieron marcadas por el abandono de la madre, quien ejercía la prostitución. En sus escritos da cuenta de lo sola y desesperada que se sentía. Una vieja amiga, que bien conocía su historia, un día le escribió por WhatsApp: “Nora, ya tengo quien la suba para China, una amiga que yo tengo hace años está subiendo muchachas. Por allá se vive muy bueno, uno hace mucha plata, hasta te puedes conseguir un buen marido y ayudar a tu familia”.

Aunque sintió susto y miedo, se aventuró pues eran más los sueños que quería cumplir, en especial hacerse cargo de las dos hermanitas menores que estaban en un hogar del ICBF y estudiar una carrera profesional. Cuando habló con la persona que la iba a recibir, esta la tranquilizó diciéndole: “Tú estás joven y bonita, tienes que aprovechar eso porque ya vieja nadie te va a voltear a mirar”. Algo parecido le dijo una de sus hermanas mayores cuando se enteró del plan: “esa pelada se ve que es buena gente y muy seria. Váyase que a usted le va bien, yo también putié en Panamá y me fue muy bien, solo que me enamoré. Además, usted no tiene hijos, ¿qué espera, que le llegue la vejez?”.

Esa pelada se ve que es buena gente y muy seria. Váyase que a usted le va bien, yo también putié en Panamá y me fue muy bien, solo que me enamoré. Además, usted no tiene hijos, ¿qué espera, que le llegue la vejez?

Antes de viajar, Nora aceptó una deuda de 15.000 dólares, “si te pones a trabajar juiciosa los puedes pagar hasta en un mes. Yo por el momento tengo una sola chica, ya casi termina de pagar la deuda”, le aseguró la tratante, quien también le dijo que no iba a estar encerrada, que trabajaría por una aplicación, viviría en un lindo apartamento y que en los días en los que tuviera la menstruación descansaría. Para terminar de convencerla, remató diciéndole: “Yo te voy a cuidar, yo soy la responsable si te pasa algo. Yo aquí voy a hacer tu mamá, tu mejor amiga, tu confidente”.

Con el dinero que le enviaron por anticipado, Nora sacó el pasaporte y, por recomendación de su manilla, compró bastantes pastillas de planificar. Las cosas no estuvieron fáciles durante los vuelos en el exterior.

El destino intentó devolverla para Colombia pero el esposo de su tratante le salió al camino y la acompañó el resto del trayecto hasta llegar al destino final. Apenas arribó, esta le dijo que solo podía dormir dos horas porque la demanda de los clientes era mucha. También le prohibió hablar con otras mujeres colombianas, la orden era permanecer en un bar y esperar a que la abordaran los hombres. Le explicó cómo debía vestirse, peinarse y hasta sentarse en el lugar.

Al tercer día, Nora no aguantó más, entró en depresión, dejó de comer y solo quería dormir. La violencia, los insultos, los maltratos llegaron pronto: “uy, no le parece uno ser muy hp de fracasado en esta vida, ya todo el mundo sabe que te viniste a putear y llegar sin nada, usted es un asco”. Siete largos meses después logró escapar, pedir ayuda en un consulado y ser repatriada a Colombia. 

Dentro de las pocas mujeres que se salvaron de la situación de explotación está Vanessa quien fue acuchillada por la mujer que quería venderla a un grupo ilegal de Medellín cuando tenía 13 años. La propuesta había sido acompañar extranjeros.

A Vanessa le pudo el miedo y se arrepintió a última hora. Su madre la encontró desangrándose, tirada en la sala de su casa. Tras la demanda, recibió protección de testigos y fue trasladada a otra ciudad con su familia. A Espacios de Mujer llegó años después, cuando tenía 22 años, allí recibió no solo apoyo psicológico sino también acompañamiento para terminar su bachillerato.

 

Acciones con daño o sobre el arte de la revictimización

Las historias de las sobrevivientes están llenas de situaciones revictimizantes, ocurridas tanto en los países de destino como en los de origen, generalmente, por parte de las y los servidores públicos indolentes, negligentes o sin conocimiento a la hora de identificar el delito, además sin un enfoque basado, como mínimo, en los derechos humanos.

El Tip Report reitera los limitados, insuficientes y superficiales esfuerzos a la hora de ofrecer protección a las víctimas. En el caso de las sobrevivientes que participaron en Metamorfosis, Nora corrió con suerte, estuvo primero en un albergue y luego fue repatriada a Colombia; a Lila, en cambio, no le ofrecieron en México un espacio especializado para su permanencia, ni tampoco asumieron el costo de su viaje de regreso.

Si bien el reporte insiste en que se investigue, enjuicie y condene eficazmente a los traficantes, señala que lo mismo debe pasar con los “los funcionarios cómplices”. Así lo aseguran también las investigadoras Borja Díaz y Ana Linda Solano: “la desarticulación de las estructuras criminales no es suficiente si no se persigue también la corrupción que les permitió operar”, de ahí que propongan “protocolos conjuntos para abordar esta problemática dentro de las propias fiscalías”.

El tema de la corrupción de las y los funcionarios no pasa solo en América Latina, la complicidad de las autoridades con las redes de tratantes es reconocida dentro del mundo del crimen organizado.

Irma, otra de las participantes de Metamorfosis, logró escapar de sus captores y pedir ayuda en un aeropuerto, sin embargo, allí fue detenida por ejercer la prostitución. Días después, las autoridades aparecieron con los documentos que habían sido retenidos meses atrás por sus captores al llegar a Emiratos Árabes Unidos.

Tras el análisis de varias sentencias en Colombia, ASFC señala también como aspecto recurrente a la hora de las acciones revictimizantes “la confusión existente en primera instancia con respecto a la competencia en el delito de trata de personas. Dado que en ocasiones la comisión del delito ocurre en diferentes territorios durante sus varias fases, resulta aún confuso para los jueces y juezas y para los (as) fiscales determinar cuál jurisdicción es competente en cada caso”. Frente a este punto aclaran que “la competencia del juez de conocimiento se fija por el lugar donde se formule la acusación por parte de la Fiscalía, a quien corresponde hacerlo donde se encuentren los elementos fundamentales de esa decisión”.

También, son comunes las acciones con daño desde el lenguaje usado por abogados (as), los y las policías, fiscales y jueces, por ejemplo, en el caso de mujeres que han ejercido la prostitución y aceptaron viajar ante ofertas relacionadas con ello, esta forma de revictimización incluye argumentos que “cuestionan la vida de las víctimas y utilizan el contexto de vida de estas para insinuar su culpabilidad en el delito”.

¿Quiénes son víctimas y quiénes explotadores?

El principal delito que hizo famosa a la mafia japonesa llamada “La Yakuza” fue la trata de personas. Desde la década de los noventa, captar, trasladar, acoger y recibir mujeres latinoamericanas para ser explotadas sexualmente en Japón ha construido un imaginario que todavía.

Escuchando las historias de las sobrevivientes que participaron en Metamorfosis, es importante reconocer que el perfil de quien capta, traslada y acoge no responde solo a ese modelo de entramado criminal transnacional, organizado y sanguinario. Hoy en día un o una tratante es alguien del común, actúa individualmente y puede incluso ser un miembro de la propia familia o una persona cercana, como parejas sentimentales, compañeros (as) del trabajo, del barrio, alguien que egresó de la escuela, el colegio o la universidad, personal de peluquerías, de centros de cirugía estética, de agencias de viaje, de modelaje y hasta servidores públicos.

Poco se sabe sobre los explotadores y el motivo qué los llevó a convertirse en tratantes. Los expertos en el tema Marika McAdam and Borislav Gerasimov demuestran con cifras cómo en los dos reportes estadounidenses más importantes sobre la trata de personas se hace mayor referencia a las víctimas que a los tratantes: “El reporte Trafficking in Persons del Departamento de Estado de EE. UU. de 2021 menciona a las víctimas 18.134 veces y a los traficantes 3.461 veces. De manera similar, el Global Report on Trafficking in Persons 2020 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) menciona a las víctimas 1.033 veces y a los traficantes solo 322

La revista Anti-Trafficking Review de la GAATW dedicó uno de sus números al tema de los explotadores sexuales, allí se concluye que, en los variados casos analizados, las personas condenadas no resultaban ser “miembros de grupos delictivos organizados sino que, al igual que sus víctimas, eran personas de entornos socioeconómicos desfavorecidos, minorías étnicas u otros grupos marginados. Suelen tener un bajo nivel educativo y perspectivas laborales limitadas y, de nuevo, al igual que sus víctimas, pueden entrar en la trata como resultado de tener pocas alternativas”.

En México, la periodista Evangelina Hernández investigó el tema y publicó el libro Tenancingo, tierra de padrotes en el que explica la dinámica naturalizada por muchos de los pobladores dedicados a raptar, enamorar o comprar mujeres para luego venderlas para ser explotadas. Esta tradición puede entenderse mejor en la película “Las Elegidas”, de David Pablos (2015), en la que se cuenta la historia de un adolescente, quien es presionado por su padre y su hermano para que colabore en la “empresa familiar”: captar adolescentes para luego explotarlas sexualmente.

Por su parte, Óscar Montiel Torres ha evidenciado en sus investigaciones el poder del enamoramiento como táctica de engaño para explotar mujeres y la práctica familiar y ancestral de ser padrote en Tlaxcala, una especie de “enseñanza de la explotación” naturalizada en este estado mexicano.

Existen algunos mitos alrededor del delito de la trata, por ejemplo, que los tratantes y/o captadores son exclusivamente hombres y personas desconocidas. La campaña #EsoEsCuento, liderada por la Fiscalía General de la Nación de Colombia, alerta sobre el tema y presenta los perfiles de los captores y sus estrategias de engaño.

La realidad ha demostrado que, contrario a las legendarias creencias, los explotadores no responden a edad, género, estrato social o nacionalidad, cualquier persona puede hacer parte de dicho sistema criminal e incluso, por estos tiempos y en muchos casos, los captores han resultado ser miembros de la propia familia o personas que comparten perfiles similares al de sus víctimas.

Aunque en Colombia no se cuenta con estudios rigurosos sobre el perfil de las personas tratantes, es claro que el Eje Cafetero y el norte del Valle del Cauca arrastran un historial de captación de mujeres para la explotación, lo que obliga a que sean priorizados como objeto de futuros estudios interdisciplinarios e intersectoriales.

Pero alrededor de la trata los mitos no solo tienen que ver con las personas que explotan, sobre las víctimas también se cree que solo se captan mujeres, personas con poca educación o en condición extrema de pobreza, o que la única finalidad que tiene la trata es la explotación sexual, con víctimas atadas, encadenadas o encerradas.

El sensacionalismo de los medios de comunicación ha llevado a que en la mayoría de los casos reportados estos correspondan a mujeres ingenuas que necesitan ser rescatadas de las garras de traficantes masculinos. Como consecuencia, los otros tipos de víctimas no son atendidos y la trata, entonces, solo se relaciona con la explotación sexual.

En el análisis de las sentencias colombianas que reposan en Sherloc, la mayoría de las víctimas fueron mujeres, así como quienes las captaron, trasladaron y acogieron. Estas fueron explotadas generalmente en bares, discotecas, casinos y hoteles. En quienes investigan el tema ronda una duda: ¿cómo han hecho los hombres para lograr evadir sus responsabilidades penales y configurarse como una especie de sombras fugaces que difícilmente se nombran en las sentencias? En el caso de varias de las mujeres sentenciadas, estas se reconocen como madres cabeza de familia a la hora de la defensa y poder entonces abogar por una reclusión domiciliaria.